EliSaint

EliSaint en -Ser o no ser comunicador- 16 de Marzo de 2018

MANIFIESTO DE RENUNCIA



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El motivo por el cual escribo esto es porque en el día de la fecha, estoy renunciando a la agencia en donde trabajo.

Después de casi 1 año y medio de búsqueda laboral incansable, encontré esto. Según lo estipulado, un trabajo de jornada full-time, con una remuneración de $16.000 brutos, que prometía, entre otras cosas, realización y progreso profesional, aumentos según desempeño y crecimiento en general. También con mucho trabajo en equipo y valores dignos de una empresa seria.

Si bien los inicios del trabajo eran como los de cualquier otro, al poco tiempo (sépase, 1 mes aproximadamente), empecé a notar en la persona que me había entrevistado tan amable y alegre, que no solo iba a ser mi jefa (cuestión que no había quedado muy definida en la entrevista laboral), sino que también iba a ser el motivo de mi renuncia.

Es increíble como 9hs. De trabajo en un mes, pudo darme la pauta de que en esta agencia, la iba a pasar mal. Pero antes de seguir con meras abstracciones, paso a puntualizar hechos concretos que me llevaron a tomar esta radical decisión ya, a 6 meses de trabajar acá.

Los primeros síntomas se evidenciaron cuando habiendo transcurrido un tiempo prudencial, y habiendo avanzado en algunas capacitaciones sobre la herramienta metodológica a utilizar en el cotidiano, participé de reuniones que me ayudaron a “ponerme a tono” con las tareas que realizaba el equipo y la forma de desempeñarse frente a ellas y los sistemas y procedimientos internos que posibilitaba el cumplimiento de las mismas.

No voy a mentir, se veía complejo. Era un universo bastante extraño y ajeno para mí, pero no imposible de entender, de hacer las tareas que se presentaran, de ganar experiencia y lograr incluso destacarme en eso, con el tiempo.

Pero al poco tiempo, sobrevino la debacle.

Empecé a notar que mi jefa era bastante intensa, peyorativa en la manera de manejarse sobre todo con alguno de los chicos. Era grosera, rígida, muy exigente, crítica, y parecía que nada estaba bien o era suficiente para considerar que el trabajo estaba bien realizado.

Ahí es cuando empecé a sentir un gran condicionamiento. Era un trabajo detallista y meticuloso, pero con una carga extra: ella.

Con el correr de los días, la situación fue empeorando a medida que ganaba más conocimientos y responsabilidades en el trabajo. Llegó el día en el que me asignaron clientes. Tareas por cada uno, un sinfín de reuniones de duración infinita que más que aportar a la tarea o al entendimiento general del trabajo, lo único que hacía era quitarme tiempo vital para poder llegar a término con las tareas, pese a los obstáculos que se me presentaban en algunas.

Las críticas y las observaciones no se hicieron esperar. Me habló de ser más autónoma, de que era “cargosa” con mis compañeros por pedirles ayuda, que no le gustaba el trabajo en equipo (pues, no existía tal), que cada uno debía abocarse a lo suyo, que tenía que saber esto o aquello, saber anticiparme a, entre miles de etcéteras.

Otro tiempo más y ya estaba dando lecciones orales sobre el uso de tal o cual herramienta de la plataforma que utilizábamos, cuando todavía no había tenido tiempo siquiera de probarla por mi cuenta y ensayarla. Pero todo, absolutamente todo se volvió una prueba de fuego y todavía no llegaba a los 3 meses de trabajo.

El ambiente se fue tornando cada vez más hostil, al presenciar discusiones con su marido en vivo, discusiones con mis compañeros que simplemente le planteaban un punto de vista distinto, una perspectiva u óptica a contemplar, pero ella simplemente vetaba todo lo que no le pareciera, ya que era su palabra la última que debía escucharse y tomarse como válida y correcta, haciendo que sus “súbditos” terminaran (a regañadientes) acatando sus órdenes.

Su mal temperamento hizo que en muchas ocasiones a solas, se tomara atribuciones para con mi persona, haciéndome planteos sobre mi trabajo, sobre cómo debía hacerlo, o por qué estaba mal.

Hago una pausa.

No estoy en desacuerdo que se hagan correcciones respecto del trabajo de uno, que haya sinceramiento, que hayan consejos y directivas para que uno mejore y sea más crítico con el trabajo que uno hace y realice a diario. La idea siempre, es mejorar.

Pero en este caso en particular, ¿a qué costo?

Lo que se produjo a 3 meses de estar trabajando en Andimol, fue cansancio. Era increíble que para el poco tiempo que tenía allí, sintiera tanto cansancio. Cuando empecé a ver que no era la única que soportaba el maltrato constante, y comprobé que mis compañeros también sufrían el mismo tipo de estrés, empecé a materializar cada vez más la idea. Ya no era una simple sensación, conjetura o malestar mío, era verdad todo lo que sentía.

Los días se hacían cada vez más lentos, más llenos de reuniones, con “accidentes” permanentes que evitaban que pudiera encontrar foco y concentración en mi trabajo.

A veces lo lograba pero a costa de mucho esfuerzo, ya que parecía que el trabajo no surgía naturalmente, sino a costa de algo, alguien, o a costa de algún costo emocional.

Poco a poco, vi como el proyecto de trabajo que me habían “vendido” se caía por su propio peso y la idea de haber conseguido trabajo después de tanto tiempo, se estaba desmoronando, porque el trabajo que había conseguido, no era bueno, era contaminante y empezaba a volverse insalubre.

A toda esta cuestión, se empezaron a sumar otros temas adyacentes que si bien no eran determinantes en el trabajo, no generaba un ambiente propicio tampoco.

Se suponía que había horarios flexibles, se suponía que había desayuno incluido, se suponía que habían recursos para hacer “sostenible” la vida laboral para 6 personas más y yo. Pero nunca nada más lejos de la realidad.

Los “recursos” empezaron a escasear, empecé a sentir “descuido” de parte de mis jefes y por sobre todo, se empezó a ver ese entretelón de la explotación en su máxima expresión.

La flexibilidad horaria solo existía para la persona que se quedaba siempre después de hora terminando trabajo. Claro, eran súper flexibles en no decirte que te fueras a tu casa.

Los hostigamientos por mensaje de texto, chat o cualquier medio digital viable cuando uno se tomaba unos días por enfermedad porque simplemente no estaba en condiciones para volver al trabajo, era casi una “naturalización” de su parte. Sin ir más lejos y a modo de referencia, un compañero tuvo que atender una call de un cliente en su casa de licencia, sin tener fuerzas para levantarse de la cama. Pero claro, ni te llegues a olvidar del certificado (legalmente, el empleado no está obligado a darlo, pero la costumbre –empresaria- le ganó a la ley).

Tomarse día por trámite o eventualidad personal, como le puede suceder a cualquier ser humano en la vida misma, era prácticamente imposible. Habían procedimientos para absolutamente TODO, pero en ninguno de ellos beneficiaba aunque sea en una mínima parte al empleado.

De alguna manera, uno sentía persecución de sus actos. Consecuencias por cada movimiento que se escapara levemente de los márgenes establecidos por ella.

Se empezó a evidenciar plena y total falta de confianza en nosotros.

Se empezó a sentir un colegio arcaico, en el que nos/me retaban si estábamos sentados todos en una misma mesa, compartiendo, trabajando, mejorando la dinámica que se nos coartaba todo el tiempo.

Y de ahí, empezaron a surgir los exabruptos. En más de una ocasión, elevó la voz lo suficiente como para que todos escucháramos su malestar y fastidio respecto de algo que encontraba mal. Podía ser la limpieza del espacio de trabajo, el mal funcionamiento de la puerta que comprobaba nuestra puntualidad (acusación incomprobable e injusta), el olor de ciertas comidas que en un departamento hecho oficina y hermético naturalmente transmitía y miles de factores que podían alterar su carácter y comportamiento en cuestión de segundos.

Poco a poco vi en mi jefa una persona completamente ciclotímica. Podía estar bien unas horas que después todo el ambiente se ponía rígido y hostil, volviéndose ofensiva contra mí, contra cualquiera, sin motivo alguno. No había realmente justificación alguna para el maltrato.

Y acá es cuando la relación contractual o laboral se desentiende completamente de la personal. De repente todo era personal. Nada era laboral. Todo era ofensivo, nada era con miras a lograr una mejora en uno. Nunca un momento de gratificación, muestra de agradecimiento, ponderación, aunque fuese mínima. Nunca una retribución humana.

El nivel de indignación, injusticia, abuso y frustración en mi persona, se empezó a acrecentar de tal manera, que toqué fondo varias veces, yéndome del trabajo llorando, desconsolada, pensando que era yo la que hacía todo mal y hacía que se enojara conmigo, cuando en realidad era todo al revés. Si bien no era perfecta, ella tampoco y ella era insultante e irrespetuosa con cada uno de nosotros, sin razón, sin motivo, solo porque sí, solo porque podía.

Hoy, llegué a mi punto límite y máximo. Hoy me cansé. Me cansé del maltrato constante, de no querer hacerle consultas porque siempre respondía con que “si era muy urgente”, “que le llegara con soluciones y no con preguntas”, “que ahora no tenía tiempo, que le enviara un Slack”.

Muchos de mis trabajos se vieron saboteados por sus devoluciones tardías, que nunca daba en reconocer que hayan sido así y que la culpa la tenía uno por “falta de organización interna”.

Que “me olvidara de “x” cosa”, que ahora “eso” no importaba”. Tenía una gran habilidad para evadirse de las culpas, para no hacerse cargo de sus actos y para delegar culpas en otros y hacerlos responsables de su irresponsabilidad.

Porque claro, como mala jefa, era incapaz de delegar responsabilidades. Entre tantas contradicciones, quería que tuviéramos autonomía, que sobre todo yo le “demostrara que podía manejar las cuentas”, pero claro, esa autonomía estaba supeditada a su estricta dependencia.

Otro factor incidente fue la incomunicación. Cuando ella quería, se tomaba la potestad de ausentarse por mucho tiempo, indefinido. Nadie sabía en donde estaba, ni cuando iba a regresar.

Su vara era tan alta, que nunca nadie lograba estar a su altura. Nada era suficiente, todo estaba lo suficientemente mal como para que ella “tuviera” que reveerlo y hacer correcciones sobre el tema. Contrató a profesionales, personas que han estudiado lo suficiente como para desarrollar criterio en las tareas a realizar y hacerlas a consciencia, pero ella no admitía segundas opiniones. Ella tenía, otra vez, la última palabra.

Falta de confianza, de empatía, de responsabilidad, de sensatez, de buenos tratos, de humanidad.

Porque piensa que tiene el poder y eso la hace impune e inmune. Y nosotros a su merced, sufriendo sus vaivenes emocionales y sus caprichos constantes.

Mi sueldo de $13.280.- empezaba a quedarse muy corto, terriblemente mal pago, para nada representativo, por toda la angustia y tensión que tenía día a día. Sumado al hecho de que estar fuera de convenio simplificaba su rol explotador y despojaba al trabajador de cualquier amparo legal y de la posibilidad de ejercer sus derechos como tal.

Y este es el saldo. Una renuncia. Un basta. Un “se terminó todo”, se termina todo acá.

¿Qué me llevo de este trabajo? Menosprecio, falta de respeto, el único respeto que promovían era el de la puntualidad que, a expensas de su falta de tolerancia frente a 10/15 minutos de demora por las eventualidades que podía presentar el viaje y el microcentro de nuestro país, ella respondía con que había “falta de planificación y anticipación de nuestro lado”.

“Vuelvo” (otra palabra consagrada de su colección), ¿qué me llevo de este trabajo?, menosprecio, basureo, falta de respeto constante, frustración, insultos, silencios, caras de enojo, indignación, estrés.

No hay que permitir el maltrato en ninguna de sus formas y expresiones. Bajo ningún concepto. Lo que impide que progresemos laboralmente no somos nosotros mismos, sino este tipo de circunstancias, en donde nos venden una idea de empresa, una idea de trabajo, y tras bambalinas, es la explotación con maquillaje.

Lo que pienso es que es el abuso parte desde el día en que uno lo permite. Pero también el abuso parte también porque uno cuida su trabajo y depende exclusivamente del contexto de vida que tenga para poder tomar la decisión en dejarlo o no. La realidad es que los empleadores, cualquiera sea, juegan con la necesidad de los empleados. Con su necesidad de trabajar y reproducir su medio de existencia. Ante un contexto complicado en nuestro país, son los empresarios los “divos” de cualquier industria, más o menos mezquina. Y parecieran ser ellos los que sienten total y absoluta potestad para ejercer de manera deliberada sus reglas, las cuales restringen al empleado a este tipo de realidad.

No lo permitamos.

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