Review: "Cinema Paradiso y el paraíso del cine"

Una película tan atemporal como icónica.

Quien les escribe recuerda cada natalicio con una película que se ha vuelto tan reveladora y trascendente como lo puede ser la vida misma.

Cinema Paradiso, es una de esas películas que puede gozar de una crítica ambiciosa. Esto se debe a que es considerada un homenaje al séptimo arte y ha representado a más de una generación en el siglo pasado. Producida en 1988 y originalmente titulada como “Nuovo Cinema Paradiso”, fue merecedora de un Oscar a la mejor película de habla no inglesa en 1989. Pero esta obra de arte cinematográfica, excede a los protocolos y galardones del mundo contemporáneo. A continuación, esbozaremos las razones por las cuales se hace meritoria de semejantes calificativos.

En un pequeño pueblo de la Italia de la posguerra, más precisamente, en Giancaldo, Sicilia, se cuenta la historia de un niño apodado Totó (Jacques Perrin), quien obnubilado por la novedad del único cine de su ciudad natal, evade sus obligaciones para asistir a las películas que se exhibían en aquel entonces. Totó se hace habitué del cine y de sus travesuras, mientras que al mismo tiempo, mantiene una relación más que cariñosa y entrañable con quien sería el mentor de su vida: Alfredo (Philippe Noiret), el proyeccionista del Cinema Paradiso.

Es una historia de amor, amistad, camaradería y nostalgia, pero por sobre todo, de las relaciones humanas en su expresión más pura. Dotada de una simpleza impecable de la mano del director Giuseppe Tornatore, quien ha sabido plasmar en el fuero íntimo de sus espectadores, los sentimientos más genuinos y memorables de sus vidas: la propia niñez.

Cinema Paradiso pone de manifiesto el juego constante entre retrospectiva y actualidad, recursos que intentan dar un reflejo fiel al -a veces- cruel paso del tiempo. Es una película que construye un vínculo más que cercano con el espectador y por qué no, un puente entre los recuerdos y nostalgias de una niñez similar y añorada y los elementos que se perciben en el transcurso del film. Las transiciones en los estadios de la vida de Totó, su amor inolvidable, la figura paterna que encuentra en Alfredo y posteriormente, el cambio brutal y drástico que sufre el protagonista hacia el final, brindan tan sólo algunos pantallazos de lo icónica que se ha vuelto esta expresión en las mentes de quienes hayan tenido el placer de atestiguar dicha obra maestra. El culto que rinde al séptimo arte, es el de hacer una propia valoración del “cine dentro del cine”. El cine resulta ser el disparador y núcleo de la historia, al representar un atractivo común y momento de reunión para los pueblerinos en tiempos de guerra, a la vez que se da a conocer a través de su formato corpóreo, en forma de cinta cinematográfica.

Es pertinente callar y no revelar el final, para dar la oportunidad a aquellos que no hayan visto la película, dado que, resulta un imperativo verla. Y aquí se justifica el por qué: recorre todo tipo de sentimientos, produce en quienes han dado sus opiniones al respecto, “piel de gallina” al experimentar (no sólo ver) las escenas, acompañadas de momentos en los que se requiere una caja de Kleenex al alcance de la mano.

Un aspecto preponderante e infaltable de la película, reconocido en más de una oportunidad, es el recurso musical provisto por el compositor italiano Ennio Morriccone, quien dio vida y sentimiento a escenas ya memorables del relato, con canciones como “Cinema Paradiso” y “Love Theme”, creaciones indelebles tanto para el film como para el público expectante.

Esta película enseña el por qué llorar es necesario. Ilustra tal vez, el grado máximo de identificación que una persona puede experimentar con una porción de su vida puesta en escena.

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